Popoyo, Calalas y Nate.

[English version below]

Tras despedirnos de la mágica isla de Ometepe, pusimos rumbo a la costa nuevamente, concretamente a Popoyo, uno de los mejores destinos de surf en Nicaragua.

Allí nos encontraríamos con Juan y Carlos, de Collaborative Hostel Calalas, a quienes Ekain conoció unos años atrás surfeando en Bocas del Toro (Panamá). Los dos hermanos están trabajando en un nuevo concepto de hostal o co-living como ellos lo llaman.

Básicamente se trata de que cada huésped que pase por Calalas colabore de alguna manera durante su estancia, utilizando sus conocimientos o aptitudes para por ejemplo hacer talleres de yoga, dar clases de surf o echar una mano con algunas de las organizaciones locales con las que colaboran en Calalas. Así esperan que cada persona que pase por aquí se lleve una experiencia distinta a la de cualquier otro hostal, interactuando con los locales de la zona y aprendiendo del resto de huéspedes.

Pasamos unos días muy relajados en Calalas (la tónica de este viaje) haciendo yoga, surfeando, comiendo rico (gracias Gladys por tu rica comida!) e intercambiando multitud de anécdotas con nuestros anfitriones.

Así fueron pasando los días hasta que llegó Nate.

Este ciclón tropical que azotó Centroamérica y Estados Unidos, noveno huracán de la temporada de huracanes en el Atlántico de 2017 nos pilló completamente desprevenidos.

Estábamos esperando un swell que no terminaba de llegar hasta que la noche del pasado miércoles 4 comenzó a llover sin parar.

Sobre las 5:30 de la mañana del jueves amanecimos con vientos huracanados y mucha lluvia. El nivel del agua donde estábamos estacionados llegaba ya hasta más arriba del tobillo, pero no nos extrañó tanto en ese momento, pues llevábamos varios días con lluvías y charcos por todas partes. Nunca te pones en el peor de los casos en estas situaciones.

Tras echar un cable para recoger las tiendas de campaña de Calalas regresamos al cámper, pensando que simplemente ese día sería un día gris, de lluvia, viento y series.

Sobre las 8 de la mañana la cosa empezó a preocuparnos, y es que lejos de parar de llover, cada vez llovía más y cada vez había más agua en la finca. Comparábamos fotos con 5 minutos de diferencia y ya se notaba la diferencia.

En algún momento nos juntamos los allí presentes (Juan, Carlos, una amiga de ellos y nosotros dos) y tocó tomar una decisión: cogeríamos los pasaportes y el dinero y saldríamos de allí en busca de un punto más alto donde estar a salvo.

Por supuesto para este momento no había luz ni señal de teléfono, por tanto no teníamos ninguna información de qué estaba ocurriendo y cómo iba a evolucionar.

Dejamos atrás Calalas con todas nuestras pertenencias y el cámper con agua hasta la altura de la rodilla sin saber muy bien en qué estado nos lo encontraríamos al regresar.

En el camino nos encontramos a varias personas que tampoco sabían muy bien qué hacer o a dónde ir: unos se decantaban por quedarse en sus casas y otros iban hacia la población más cercana. El problema era que la zona está rodeada por dos esteros que estaban hasta arriba de agua, por tanto estábamos atrapados.

Cerca de la primera línea de playa unos locales nos acogieron en su casa durante un rato. Allí nos enteramos de que se trataba de una tormenta tropical y que lo peor estaba por llegar con la marea alta, con olas de 4m.

Fueron momentos de miedo, la lluvia no cesaba y el viento cada vez soplaba más fuerte. Nadie sabía muy bien qué iba a ocurrir ni dónde estaríamos mejor. En la casa había incluso un bebé, y la familia no tenía ni idea de qué hacer.

En algún momento, un héroe local cogió su pala y cabó una zanja en una de las dunas de la playa, permitiendo así que el agua de uno de los esteros comenzase a evacuar hacia la playa. En cuestión de una hora, el agua había bajado lo suficiente como para plantearnos volver al hostel y ver si podíamos mover el carro a un lugar más seguro.

Por suerte para nosotros el agua ya había bajado lo suficiente en Calalas como para sacar el carro. Arrancó a la primera y de una vez lo movimos a un lugar más alto.

En el momento en que los esteros comenzaron a vaciarse, el riesgo de inundación en nuestra zona ya había desaparecido, por mucho que lloviese era prácticamente imposible que volviese al nivel de la mañana, por tanto decidimos quedarnos en el hostel y organizarnos ya con algo más de información.

En otras zonas no tuvieron tanta suerte. En los pueblos cercanos, muchos locales perdieron la mayoría de sus pertenencias por vivir pegados a los ríos. Unos pocos kilómetros más al norte, en Guasacate, una península con hoteles fue devorada por el agua, lo mismo que la zona de San Juan del Sur, donde hubo cuantiosas pérdidas.

Pasamos dos días sin luz ni red de teléfono. A pesar de que ya llovía menos, el viento sí fue fuerte, sobre todo al día siguiente, pero ya el ambiente era un poco más tranquilo. Fue curioso que durante la tormenta, el día pasó en un abrir y cerrar de ojos, lo que a nosotros nos pareció un lapso de media hora o una hora resultaron ser nueve. Nos dimos cuenta en el momento en que por primera vez en el día nos sentábamos ya un poco más relajados.

Hicimos un intento de salir de Popoyo el viernes, incluso nos despedimos de nuestros anfitriones, sin embargo los ríos aún arrastraban mucha agua y era complicado cruzar con el cámper. En uno de los ríos nos comentaron que había un camión que ayudaba a cruzar carros atados a una cuerda y con el motor apagado… Preferimos no jugárnosla.

Finalmente el sábado sí logramos salir de Popoyo, cruzando cómo no los ríos del día anterior. Aún tenían bastante agua, pero los 4×4 sí pasaban… Así que no nos lo pensamos. Lamentablemente ya íbamos contra el tiempo.

Fue una experiencia complicada de calificar. Interesante por una parte, pues para ambos era algo que no habíamos vivido antes. Triste también, muchos locales con los que hablamos nos contaban cómo el agua había echado a perder la mayoría de sus pertenencias, y a pesar de que en la zona no hubiese pérdidas humanas, en el país sí las hubo, así como en Panamá, Costa Rica, El Salvador y Honduras.

Fue unos días más tarde cuando realmente fuimos conscientes de lo afortunados que fuimos en esta ocasión. Había muchos escenarios posibles en los que todo se complicaba mucho más, y por suerte no fue así.


After saying goodbye to the magical island of Ometepe, we headed to the coast again, more specifically to Popoyo, one of the best surfing destinations in Nicaragua.

There we met Juan and Carlos from Calalas Collaborative Hostel, two brothers that Ekain met a few years ago while surfing in Bocas del Toro, Panamá. The two brothers are working on a new hostel concept or co-living like they call it.

Basically, the idea is that each guest that goes through Calalas collaborates one way or another during his stay, using his knowledge or skills to organize workshops, give classes or help one of the local organizations that works in partnership with Calalas. That way, they hope that each one of their guest leaves with a different experience than the guests of other hostels, interacting with locals and learning from the other guests.

We spent a few days relaxing in Calalas (the tendency of this trip) practicing yoga, surfing, eating good food (Thank you Gladys for your tasty dishes!) and exchanging many anecdotes with our hosts.

That’s how the days went by until Nate arrived.

That tropical strom that shook Central America and the United States, the youngest storm of the 2017 hurricane season, took us completely by surprise.

We were waiting for a swell that wasn’t making it to Popoyo until the night of Wednesday the 4th, when it started to rain non-stop.

Around 5:30am of Thursday, we woke up with strong winds and a lot of rain. The level of the water where we were parked had gone up to the ankle but this didn’t surprise us at that time, it had been raining for a few days and puddles had formed everywhere. You never imagine the worst-case scenario in those situations.

After helping to collect the tents at Calalas, we went back to the Camper, thinking it would simply be a gray day, filled with rain, wind and TV series.

Around 8 am, we started to worry. The thing is, far from stopping to rain, it was raining harder and the property held more and more water. We would compare pictures taken 5 minutes before and we would already see a difference.

After a while, those who were present got together (Juan, Carlos, a friend of theirs and the two of us) and we had to take a decision: we would take our Passports, money and we would leave in search of a higher area where we would be safe from the water.

Of course, at that moment, there wasn’t any electricity or phone service, therefore we couldn’t get more information about the storm and how it would evolve.

We left Calalas behind with all our belongings as well as our beloved camper while the water was already at knee-height, not knowing how we would find it when we came back.

On our way, we met many people who weren’t sure about what to do or where to go: a few of them chose to stay in their houses and others walked to the nearest towns. The problem was that the area was surrounded by rivers that were overflowing, therefore we were trapped.

Close to the beach line, a local family received us in their home for a moment. There, we found out that the situation was due to a tropical storm and that the worst was yet to come, with the high tide would come 4 meter-high-waves.

Those were scary moments; the rain wouldn’t stop and the wind was getting stronger. No one knew exactly what was going to happen or which spot was the safest to wait on the rain to pass.. At the house with us there was also a baby and the family didn’t know what to do.

At some point, a hero, a local, took his shovel and dug a ditch into one of the sand dunes on the beach, allowing the water of one of the rivers to evacuate to the sea. In about one hour, the level of the water had gone down enough for us to decide to go back to the hostel and see if we could move the car to a safer spot.

Luckily for us, the water had lowered enough at Calalas. The car started right away and we immediately moved it to a higher spot a little further from the property.

Once the level of the rivers started to lower, the risk of a flood in our area disappeared, it didn’t matter how much it would rain, it was practically impossible that the level would go back to be as in the morning. Therefore, we decided to stay at the hostel and organize ourselves based on the information we had received.

In other areas, they were not as lucky. In nearby villages, since they lived so close to the rivers, many locals lost most of their belongings. A few kilometers up Norte, in Guasacate, a peninsula with hotels was devoured by the water, the same as in San Juan del Sur, where they suffered significant loss.

We spent two days without electricity nor phone service. Even if it rained less, the wind was still strong, especially the next day, but the environment was calmer. It was curious that during the storm, the day went by in the blink of an eye, what seemed to us like a time span of half an hour was actually one of nine hours. We only realized that once we sat down for the first time of the day, a little more relaxed.

We tried to leave Popoyo on Friday, we even said goodbye to our hosts. However, the rivers were still carrying a lot of water and it was complicated to cross with the camper. In one of the rivers, we heard that there was a truck that was helping cars cross by pulling them to the other side with a rope, while the motor was off. We preferred not to take the risk.

Finally, we left on Saturday, crossing those same rivers that were overflowed the day before. They still carried a lot of water but 4wd cars could go through. We didn’t think about it twice.

It is a complicated experience to describe. Interesting on one hand, for both of us it was something that we had never lived before. Sad too, a lot of the locals that we talked too told us about how the water had ruined most of their belongings. And even though in our area there wasn’t any human lives lost, it wasn’t the case in the rest of the country, as well as in Panama, Costa Rica, El Salvador and Honduras.

It was a few days later that we truly realized how lucky we were. There were many turn of events possible, in which everything got a little more complicated, and luckily, it wasn’t the case.

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